Un día más en el hospital

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Me toca la guardia nocturna en el servicio de urgencias

Era la hora de inicio para saber como se encontraban los pacientes. Ella llega con el expediente y resultados de  laboratorio de un hospitalizado con el diagnóstico de un infarto miocárdico severo, que sigue resistiéndose a claudicar, mirando el techo, quizá rezando por su vida o a la sus hijos. Le han dicho que no se mueva, así es que solamente trata de hacer un mueca de sonrisa cundo entro a la sala y lo saludo. Junto con ella, revisamos los monitores, el trazo del electrocardiograma se mantiene rítmico, la presión arterial controlada y su saturación de oxígeno en 88%. Ella inquieta verifica el goteo de la solución, mira su reloj y verifica el paso del líquido, vuelve a ver el expediente para ver que las dosis de medicamentos estén aplicadas. Todo esta bien, de hecho es el único paciente en estado crítico de los diez que están en el servicio.

Se dirige a la central de enfermeras y se sienta en una silla y sube sus pies en otra silla, sus pies están hinchados, constreñidos por sus medias elásticas; el uniforme azul de un piyama quirúrgica, tres veces más grande que su talla, todo arrugado después de varias horas de trabajo; al alzar sus brazos, distingo el fondo de sus axilas y se dibuja la silueta de su brassier, de color blanco, que a estas horas le debe pesar y presionar esos bellos y delicados senos y que los oculta en la parte frontal de su filipina azul con un tira de tela adhesiva de 2 pulgadas. El que haya alzado sus brazos era para ajustar una cinta elástica alrededor de su cabello, pero algunos rebeldes escapan a ello dejándole una maraña, en donde apenas se adivinan unas ligeras hebras blancas.

Su frente sudorosa, permite ver unas ligeras perlas sobre su piel. Y esos ojos negros profundos adornados con un rímel exquisito. Miran sin ver a lo lejos a esa silueta acostada mirando al techo. Sus manos escribiendo notas, hinchadas también, inquietas, sus uñas sin pintar, recortadas al borde digital, sus brazos delicados, con ese vello tan fino y tan sensual, como terciopelo.

Ella sin saberlo está secretando ferohormonas, entre su cansancio y su inquietud. Esa mujer que busca no que le hagan el amor, sino que la amen; que no la toquen, sino que la acaricien, que no la vean cansada, sino que la sientan viva.

Esta fatigada tomando un café recalentado, me ofrece una taza, le doy las gracias y le acomodo unas hebras de su pelo como bendición.

La noche transcurre, se acerca el día. Se levanta y camina al ventanal y trata de ver el horizonte, solo distingue algunas luces callejeras y de anuncios luminosos. Y se pregunta ¿por qué sigo aquí? Pero la necesidad primero de trabajar y ese sentimiento de servicio que le han llevado por rumbos tan diferentes, la hace recapacitar y trata de escuchar la sirena llorona de una ambulancia o el registro sonoro de alguno de los monitores que registre un cambio en algún paciente.

La miro y me acerco a ella, quisiera decirle “quiero dormir contigo” no por sexo, no, solo por tener a alguien acompañándome en mi sueño. Escuchar su respiración acompasada y descansar tranquilo. Me acerco a ella, callado, escuchando sólo sus suspiros.

Sigue siendo mi Ángel de la guarda, o, ¿de la guardia? Siempre estará ahí cuando se presente alguna eventualidad.

Le agradezco que me acompañe por las noches de nuestra vigilia médica; se lo digo con un gesto, un beso al aire, un hasta pasado mañana.

La veré nuevamente, y me quedaré callado, por amor a ella. Mi enfermera, mi asistente, mi compañera, mi cómplice, mi guarda secretos. Gracias.

Dr. José Luis Sánchez Mejía
Ortopedia y Traumatología

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