¡Teatro Fantástico!

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“Este es el trenecito del chocolate Express; qué alegre y muy bonito y qué rápido es; tomando muy contento mi chocolate Express, qué rico y nutritivo y qué sabroso es, choco, choco, chocolateeee Expreeeess”.

Enrique Alonso, en la década de los cincuenta-sesenta se transformó en el héroe, el narrador, explorador, aventurero, marinero llamado “Cachirulo”, y estaba destinado a cambiar la historia de la niñez mexicana, entre los que me encontraba yo. Fueron cientos de historias que domingo a domingo, durante quince años aproximadamente pudimos disfrutar.

Fue cuando la Fábrica de Chocolates la Azteca S.A. de C.V., industria mexicana creadora y elaboradora del chocolate Express, inició el contrato del Teatro Fantástico. Fueron casi quince años (1955-1969) en el mismo horario, siete de la noche, domingo a domingo, iniciando con su famosa frase … “para los niños, para los papás de los niños y para los papás de los papás de los niños”.

Llenaba siempre la pantalla de personajes maravillosos, bellas princesas, reyes, campesinos, bufones, ogros, gigantes, villanos, apuestos príncipes y hadas, muchas hadas. Cada semana era una sorpresa diferente, los colores se imaginaban, porque las pantallas eran en blanco y negro; pero era tal la emoción que casi puedo decirles que “veíamos los colores”.

Durante varios días en el Estudio “A” de Televicentro, bajo las órdenes de “Cachirulo”, los actores ensayaban, con libreto en mano, memorizando los parlamentos pues en esa época no existía el video tape.

Se creaba la escenografía, se diseñaba el vestuario, se hacía el trazo escénico, para que el domingo siguiente, en proyección nacional, se emitiera “en vivo y en directo” el cuento en turno. No había efectos digitalizados, las escenografías eran deficientes, apenas de cartón pintado, largas cortinas y sillas del rey (si las comparamos con los efectos especiales, digitales, robóticos de ahora), pero nos llevaba a imaginarnos, sonidos, colores, escenarios, todo; nos hacían soñar, viajábamos, estábamos en el castillo o en el bosque, en la montaña o en el mar, en medio de una isla o del desierto; pero lo más importante era que compartíamos un tiempo muy importante con nuestros padres, hermanos y amigos, esas tardes/noches de los domingos, todos nos preparábamos para ver  el Teatro Fantástico que cada semana, a través del canal 2 de Televicentro, hoy Televisa, llegaba a los hogares mexicanos (que tenían televisión) desde 1955 y hasta 1969. Durante esos años y sin interrupciones, pudimos disfrutar de un total de 728 cuentos fantásticos.

Los personajes fueron apareciendo poco a poco:

Primero fue la “Bruja Escaldufa”, actuada por Alicia Montoya, aunque hay otras versiones que dicen que era Ángela Villanueva (que al parecer era quien cantaba “Cuqui la ratita”)

Después el maloso “Fanfarrón”, interpretado por su hermano Carlos Alonso.

Las tías de “Cachirulo”, Doña Altamira y Doña Altagracia; Altamira era Zoila Gracia, hermana de Haydé Gracia, cantante española muy de moda y Arcelia Zamora.

Aurora Alvarado actuó por varios años como Hada, tiempo más tarde hizo el papel de Mafafa Musguito en otra serie dominical “Odisea Burbujas”. Entre otras muchas hadas, el papel lo realizo María Rubio, quien años más tarde hizo temblar a las amas de casa mexicanas con su caracterización de Catalina Creel en “Cuna de lobos”.

El principado más largo fue para el actor Guillermo Aguilar, quien apenas el pasado 22 de enero del 2016, murió a la edad de 85 años, víctima de una neumonía. Otro príncipe fue José Antonio Salazar, cuyo verdadero nombre era Rafael Etienne y que en el cine fue bautizado como Rafael Del Río

Entre los reyes estaban Roberto Antúnez y René Ascoitia.

Sergio Zuani, Roberto Comadurán y Jorge Zamora creaban otros personajes.

La princesa Jacqueline Andere debutó en el Teatro Fantástico, al igual que María Rojo, como la niña que acompañaba a otro personaje del propio Alonso, “Pocholo”, en sus viajes a la luna.

Con base a la versatilidad y calidad de sus actuaciones, estos actores dieron vida a todos los personajes que habitaban los bosques, pueblos y castillos ubicados en un mundo pasado y lleno de magia.

“Cuqui la Ratita” renació en los años sesenta; el personaje, representado por Ángela Villanueva, lo había creado Alonso para un cuento, “El país de los ratones”. Pero Carlos Rojas, publicista de La Azteca, lo transformó en comercial, creando desde el sonido metálico del contratiempo rítmico de la batería, hasta una suerte de “comercial rap” de aquellos días:

“Cuqui La ratita dejó en el campo su casita y se vino a la ciudad; su casa no es moderna al contrario es antigüita, fue a comprar a la tiendita, para tener en su cocina. ¡su Express vitaminado!”

 Una tía (doña Chayito) tenía una televisión en su tiendita, en donde aparte de vender dulces y refrescos, cobraba 20 centavos por ver el Cuento de Cachirulo, esos domingos se llenaba de niños y a cual más quería alcanzar buen lugar. De pronto, la pantalla en blanco y negro se iluminaba con la imagen de “Cachirulo”, un gran ¡Ahhh! Salía de las gargantas infantiles, y él empezaba a dar de vueltas a un gran árbol que parecía pirulí del cual colgaban grandes dulces. Se deslizaba por un tobogán y al llegar al suelo iba por un gran vaso que se suponía estaba lleno del chocolate Express, todo ello estaba acompañado por el tema que por años fue el distintivo musical del programa, el “Vals del Trompetista”. Después de hacer el anuncio del chocolate, empezaba a platicar sobre el cuento que íbamos a presenciar… “Erase que se era”…

El tema instrumental del Teatro Fantástico salió de un disco que comentaba don Enrique compró en Europa. “Fue un disco de vinil que me traje de Londres, que me había gustado por el otro tema; pero en el lado opuesto venía esa melodía y cuando se hizo el programa de televisión, Augusto Elías me pidió que le llevara música para temas y esa fue la que se hizo famosa: “Waltzing Bugle Boy” de 1953, (Vals Del Trompetista) interpretada por Frank Chacksfield & His Orchestra.

Al terminar el programa, Alonso mandaba a toda velocidad saludos a los niños que le escribían y regañaba a los “del club de los chupadedos”; recomendaba casi como trabalenguas que todos los niños tomaran su “Chocolatote Express” y se despedía al grito de guerra que esperábamos todos los “escuincles” (y uno que otro papá o papá del papá) con la boca abierta frente a la televisión:

“¡Adióoos amigooooos!”

La música y letra del “Trenecito Express” fue hecha por el tabasqueño Pepe del Rivero: “Este es el trenecito del chocolate Express, alegre y muy bonito y qué rápido es; tomando muy contento mi chocolate Express, qué rico y nutritivo y qué sabroso es.. Choco-choco, chocolate Expressss”.

Que deberíamos tomar como bueno de esta época, primero reunía a la familia, abuelos, papás, niños. Nos hacía imaginar muchas cosas, de ensueño quizá, pero nos hablaba de la maldad, la bondad, la justicia (valores perdidos en los días de hoy), nos mostraba eventos y personajes, sus vidas y sus acciones que cuando se realizaban dentro la equidad e igualdad eran premiados; al contrario la mezquinidad y la injusticia eran reprobadas y castigadas.

No veíamos (como hoy a cualquier hora del día en televisión abierta) senos al aire, medias nalgas al descubierto, palabras soeces con doble y triple sentido, gritos y maldiciones de actricitas y actricitos de medio pelo, en historias (refrito del refrito, del refrito) que ocurren en ciudades de primer mundo, en escenarios espectaculares y con personajes “todos güeritos”, dueños de autos último modelo y casonas, ranchos y haciendas multimillonarias, en donde nadie trabaja, todo mundo la goza, fiestas, reuniones, viajes, ropa de última moda ¿De verdad, todo el auditorio de clase media y baja, que presencian estas novelas, disfrutan de todo eso que nos presentan?

En esa época había imaginación, nos hacia que leyéramos cuentos, historias, novelas, y salíamos a jugar casi imitando a los héroes del cuento. Nuestros papás nos llegaban a contar historias o los abuelos a veces nos platicaban de sus aventuras. Hoy los niños empiezan a manejar todo tipo de artilugios cibernéticos, digitales, mecatrónicos, spycibers, drones, códigos QR y ciencia aeroespacial desde que empiezan a caminar y a eso se le llama modernidad y avance. Están pasando de un oscurantismo mental (por la edad) a una digitalización mental, pero sin haber pasado por la cultura, ni los conocimientos, las experiencias de vida, la unión familiar, la imaginación.

Puedes ser un cibernauta o un hacker mundial, pero ser una persona con criterio, con juicio, centrado es diferente; puedes ser sabio en tu materia, ¿pero culto?, está por verse. Puedes criticar a mundo y medio, pero refugiado en tu célula habitacional de 2×2 metros no tienes la capacidad de ver, sentir, vivir al mundo.

Hay personas que insultan y critican a don Enrique el día de hoy, tienen la libertad, lo toman como algo “tonto que ocurrió el siglo pasado”; pero si no hubiera sido por esa clase de personas que tenían una visión diferente de la vida, amor por lo que hacían, por lo que vivían, por lo que escribían, muchos de nosotros quizá ni existiéramos. El recibió muchas críticas, malas palabras y actitudes despectivas, pero solamente seguía escribiendo y actuando. Recibió asimismo varios galardones, premios y reconocimientos.

Los chistes sangrientos, ad hominem contra don Enrique, fueron obra del periodista Pérez Verduzco, una persona que como ¿periodista? Nunca me convenció, gritón, insultante, mal encarado, con sobrepeso, casi calvo, grosero, que se solazo en dar invectivas contra Enrique Alonso; llama la atención que nadie defendió su programa, ni el propio “Cachirulo” y es que siendo muy joven, el historiador teatral Armando de María y Campos le aconsejó no contestar a una persona que se arrogaba la redacción de sus cuentos.

Ad hominem: Se llama así a todo mal argumento que, en lugar de refutar las afirmaciones de un adversario, intenta descalificarlo personalmente. Consiste, por ejemplo, en negar la razón a una persona alegando que es fea o que es gay. Al describir a un oponente como estúpido, poco fiable, lleno de contradicciones o de prejuicios, se pretende que guarde silencio o, por lo menos, que pierda su credibilidad. Estamos ante un ataque dirigido hacia el hombre, no hacia sus razonamientos, sus argumentos o ideas. Es una agresión, y suele ser insultante. Pone en duda la inteligencia, el carácter, la condición, o la buena fe del oponente.

Don Enrique no le contestó nunca a ese señor e hizo bien, no valía la pena.

Quizá a mis contados lectores no les interese este pasaje letrado, recordando a uno de mis admirados personajes de la televisión de hace más de medio siglo: para los jóvenes resulta casi una obscenidad hablar de alguien del siglo pasado. El que utilicen, usen, coman, vayan al baño, se vistan como lo “dictan las redes sociales”; es lo más absurdo a que se pueda someter el individuo; pero es una forma de masificar criterios y “hacer que miles hagan, lo que tres fulanos quieren que hagan.

Los “cuentos fantásticos” que nos hacían soñar eran una forma de decirnos que el mundo no era de sueño, que había de todo malos, buenos, ladrones, pillos, bondad, maldad, risas, lágrimas, de todo; pero que estaba en nosotros cambiar sino al mundo, si a cada uno de nosotros.

Enrique Fernández Tellaeche, conocido con el nombre artístico de Enrique Alonso. Actor, director, escritor y productor nació el martes 9 de septiembre de 1924 en Mazatlán, Sinaloa y falleció el viernes 27 de agosto de 2004, aquí en la ciudad de México, faltando apenas 16 días para cumplir 80 años. Le deseo que donde esté se encuentre bien, se lo merece.

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