Refranes de zapatos y zapateros

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Según testimonios de los historiadores Valerio Máximo y Plinio el Viejo, un día, el pintor griego más célebre de la antigüedad “Apeles”, había expuesto el retrato de una persona importante de su ciudad y un zapatero que pasaba por el lugar, se detuvo a observar la obra y criticó la forma de una de las sandalias del personaje. Apeles acató la observación del zapatero, llevó la obra a su taller, la rectificó y nuevamente la llevó al lugar de exposición. Cuando el zapatero volvió a contemplar el cuadro, al ver que el pintor había acatado su sugerencia, se sintió autorizado para extender sus críticas a otros aspectos del retrato, lo que motivó que Apeles, al escuchar esos comentarios, lo encarara y le dijera: “zapatero, a tus zapatos”.

“Las personas murmuradoras se encontrarán con la horma de su zapato”

“A chico pie, gran zapato. (Se refiere a que hay personas que quieren ocultar su pequeñez o humildad con la presunción).

“Al ingrato, con la punta del zapato”. (Anónimo)

“Bueno y barato, no caben en un zapato”. (Anónimo)

“Con zapato muy justo, nadie anda a gusto”. (Anónimo)

“El zapato más bonito puede lastimar el pie”. (Anónimo)

“Es más molesto que una piedra en el zapato”. (Anónimo)

“Este sí que te quita los calcetines sin quitarte los zapatos”. (Anónimo)

“Ni amor forzado, ni zapato apretado”. (Anónimo)

“No me llega pero ni a la suela de los zapatos”. (Anónimo)

“Un par de zapatos pueden cambiar tu vida, sino pregúntale a Cenicienta”

“¡Antes de juzgar y criticar a los demás, colócate en sus zapatos, quizás te lleves la sorpresa que te quedan bien grandes!”

“¡Tantos zapatos y nada más tienes dos pies!”

“Pon los zapatos de lado en Noche Buena para prevenir las peleas familiares”

En italiano se dice: “los parientes son como los zapatos, cuando más estrechos, más duelen”.

“Ponerse las botas”: Deriva de que en la Antigüedad el calzado era distintivo de la clase social a la que se pertenecía. Las botas eran señal de riqueza.

Para terminar

Van Gogh, pintó varias veces las botas de un campesino. Pero ¿qué puede verse allí? Todo el mundo sabe en qué consiste un zapato. A no ser que se trate de unos zuecos o de unas zapatillas de esparto, un zapato tiene siempre una suela y un empeine de cuero unidos mediante un cosido y unos clavos. Este tipo de utensilio sirve para calzar los pies. Dependien­do del fin al que van a ser destinados, para trabajar en el campo o para bailar, variarán tanto la materia como la forma de los zapatos.

Los zapatos indican el deseo de esta puesta de pie, como nota de obra al pie de la montaña. De este modo, al deponer sus zapatos, como cuando se dice que alguien depone su actitud, los instituye como un monumento no edificatorio. Los zapatos yacen. Los zapatos son como dos pequeños ataúdes que acogen la energía terminal del desfallecimiento: petite mort.

Los zapatos vacíos son como un guante invertido: el zapato tiene tanto la forma convexa del pie (pene) como la forma cóncava que envuelve al pie (vagina). Esta es una simbolización bisexual que se remonta de manera irreprimible al arcaísmo de una infancia que ignora la diferencia de los sexos.

 

 

 

 

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