HISTORIAS DE VIDA 6ª PARTE “POR LA VIDA”

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Era una noche más de trabajo en el Hospital General de Zona de la Quebrada, después de recibir el reporte del turno vespertino, me dispuse a revisar cuantos médicos teníamos, enfermeras, personal de intendencia, archivo, en fin todo el personal al que le tocaba laborar esa noche. Más tarde y antes de cenar, pase la visita a todos los pisos para ver si había alguna situación médica o administrativa que ameritara mayor atención. Todo al parecer bien. La visita al servicio de urgencias era más que obligada, ya que ahí era en donde teníamos mayor déficit de todo. Desde médicos hasta insumos, en Rayos equis y laboratorio todo bien. Me dispuse a cenar tranquilamente, así pasaron las horas y cuando el reloj marcaba cerca de las 2 de la madrugada, tocó la puerta de la Dirección un elemento del personal de vigilancia, para decirme que deseaba verme un médico. ¡Qué pase! contesté, se trataba del Dr. Bonfante Milano, que tenía su clínica médica particular enfrente del hospital; después de los saludos y presentaciones, me dijo que el motivo de su presencia ahí se debía a que necesitaba que le ayudara con “el préstamo de tres paquetes de sangre total”, para una paciente derechohabiente del IMSS que se encontraba en su clínica, y que había sido atendida por él mismo, ya que había dado a luz a su séptimo hijo, pero que como complicación tenía un sangrado profuso debido a una atonía uterina. Y que debido a esto estaba entrando en choque hipovolémico.

¿Cómo se produce este problema? Tras el parto, cuando la madre acaba de dar a luz habiendo expulsado al bebé y a la placenta, se desencadena un mecanismo de suma importancia, se trata de una potente contracción uterina cuya función es la de cerrar los vasos sanguíneos del útero. Gracias a esta contracción el sangrado es mínimo en la madre. Cuando este mecanismo no se produce, se origina la atonía uterina o inercia y el resultado es una hemorragia importante. Hasta en un 5% de los partos naturales puede producirse la ausencia de contracción uterina y las causas que se barajan para ello pueden ser la multiparidad, la placenta previa, la sobredistensión uterina, la placenta retenida, etc. En el caso de doña Verónica, la multiparidad pudo ser el factor principal que desencadenó el problema.

Desde el punto de vista terapéutico las medidas están relacionadas a las causas que producen la atonía uterina. Esto es, disminuir el espacio de la cavidad uterina, mediante masaje uterino que persigue la expulsión de coágulos o la retención de restos placentarios.

Le pregunte al doctor si ya le habían pasado medicamentos de tipo oxitocina, masaje uterino, compresión; me contestó que sí, pero que no había logrado un resultado adecuado. Con todos estos procedimientos, se logra el control de la atonía en aproximadamente del 50 al 75% de los casos; sin embargo, el resto que no responda a fármacos debe ser sometido a histerectomía como último recurso para controlar el sangrado.

Hable al laboratorio y pregunté si teníamos sangre disponible para realizar pruebas cruzadas y pasar por lo menos dos paquetes. Me dijo el químico que sí disponíamos del recurso. Pedí que llamaran al médico cirujano general que tenía en el turno para que valorara a la paciente. De hecho, pensé, si hay necesidad traslado a la paciente al hospital, en camilla y la paso directamente a quirófano para realizar la histerectomía, que así como me lo decía el doctor Bonfante era la perspectiva.

Ya con el cirujano en la oficina, nos enfilamos los tres hacia la clínica en cuestión, solamente atravesamos la carretera La Quebrada-Lechería, al entrar al quirófano pude percatarme que había sábanas teñidas en sangre. La paciente tenía en ese momento una toalla en sus genitales tratando de contener el sangrado. Pedí el reporte de signos vitales y estaban en los límites mínimos. Le dije a mi cirujano Dr. Rodolfo Rangel Méndez, que iba a llevarme a la paciente, que yo daba la responsiva y que se preparara para intervenirla. Y en un gesto que me pareció broma en un principio, pero, pronto me di cuenta de que era muy en serio. Tranquilamente me dijo. ¡Yo no la opero, porque no tengo la capacidad técnica para hacerlo!

El doctor Rangel, había sido mi compañero de internado de pregrado en el Hospital General de Zona 68 del IMSS, hacía nueve años y aunque no éramos los grandes amigos, siempre nos llevamos bien, inclusive fui su jefe de internos. Había dejado de verlo varios años hasta que me lo encontré, precisamente ahí en el hospital de La Quebrada, yo como subdirector, él como médico adscrito cirujano general. ¡Rodolfo, la paciente se va a morir si no la operas, yo te ayudo! ¡Pues no, hazle como quieras pero no la opero! Me contestó.

En ese momento, como subdirector podía haberle levantado una Acta de Insubordinación o de Desacato a una orden superior, pero lo deje por la paz. Y le dije al doctor Bonfante que esperara mi respuesta inmediata. Llamé al personal de ambulancias y les dije que estuvieran preparados porque iban a trasladar a una paciente al Hospital de Ginecología No 8 en San Ángel. Mientras pedí que le realizaran unas pruebas cruzadas y que le pasaran un paquete de sangre. Hablé al hospital de gineco y les dije de lo que se trataba, me aceptaron el traslado. Bajé a la clínica nuevamente, ya habían subido a la paciente y a su esposo. Junto con el bebe, era niño, y se encontraba en buen estado físico. Y le dije al ambulante, ¡te me vas con sirena abierta, tienes media hora para llegar! ¡Sí jefe! Contestó. No recuerdo su nombre, tenía una abundante cabellera china, desparpajada, siembre utilizaba unos lentes negros medio redondos, tenía un problema en uno de sus ojos y para que no se le notara se cubría con esos lentes, obviamente se los quitaba cuando manejaba y como trabajaba en la noche, era muy natural que los utilizara en la mañana que salía del turno. Siempre fue muy amable conmigo y en todo momento me apoyo. Gracias amigo mío.

Si calculamos la distancia que hay de La Quebrada a San Ángel, quizá sean alrededor de unos 55-60 kilómetros, eran las 3:15 de la mañana, así es que confiaba en que el tránsito iba a ser el mínimo y tomando el periférico podría llegar a tiempo. Alrededor del cuarto para la cinco de la mañana, los muchachos llegaron satisfechos, la paciente llegó viva, y la pasaron de inmediato al quirófano. Más tarde alrededor de las siete, me comuniqué a la Gineco 8, y me dijo el médico de guardia que la paciente había llegado grave, que tuvieron que realizarle la histerectomía y que en ese momento estaba en Terapia Intensiva, que habían tenido que pasarle seis unidades de sangre total, pero que se encontraba estable; el niño en la incubadora y aparentemente bien.

Cuando llegó el Director a las 8 de la mañana y le notifiqué lo que había sucedido, entró en cólera y en un desplante, no me pidió, ¡me exigió mi renuncia al puesto de subdirector¡ El motivo, haber enviado a la paciente… ¡Hasta San Ángel!, pudiendo haberla trasladado a la Gineco 60 en la zona de Tlalnepantla. Pero, señor, le dije ¡Ahí no tienen Terapia Intensiva ni Banco de Sangre! No me importa me contesto, ¡Ese es el protocolo!

Afortunadamente, traía una Carta de Renuncia preparada, alguien un buen amigo médico, me dijo una vez, “cuando se está en un puesto público siempre hay que tener la renuncia en el portafolios”; y vaya que tenía razón. Saque la hoja, le escribí al fecha y la firme. Dejaba de ser subdirector médico.

Una hora después, entregando todo lo que estaba a mi cargo, recibí una llamada telefónica, era don Juan, el esposo de la paciente, que tranquilamente me dijo, que su esposa estaba bien al igual que su hijo. Y que me hablaba para darme las gracias por haberla salvado. En ese momento me puse a llorar, de alegría, de sentir que había contribuido en algo como médico, como subdirector, como ser humano para preservar la vida. ¡Gracias, Señor! Exclamé.

Pasados algunos días de este episodio, comentando el caso con alguien de la Delegación Administrativa, consideraba que debía haber levantado un acta en contra del doctor Rangel que se negó a intervenir a la paciente. Inclusive, el propio Director me dijo, días más tarde, que una forma de considerar mi situación, sería acusando al doctor de negligencia médica. La verdad, lo pensé mucho, después de todo el más afectado era yo, me habían quitado el cargo de confianza, habían echado por tierra mi deseo de ser el Director del hospital, es más tenía escaso un mes de haber presentado la evaluación, que para tal puesto la Delegación había planteado. Y la había pasado con creces. Es más alguien me dijo que en ese momento, tenía muchas posibilidades de serlo y algo que me dejo entusiasmado fue saber que por lo menos en esa época tenía el IQ más alto (mostrado en los exámenes que me aplicaron) de la zona delegacional a donde pertenecía el hospital. Me dolía que me hubieran quitado un sobresueldo que en ese momento me hacía mucha falta, para solventar los gastos de mi familia. Me dolió más el hecho de que el Director me hiciera firmar una renuncia anexa, para no exigir ningún tipo de compensación económica a la que pudiera tener derecho por haber sido personal de confianza por cuatro años, para que el IMSS no perdiera dinero. Sin embargo, decidí no hacer nada. Le pedí a Dios fortaleza y buen juicio. Echar a perder la vida y el puesto de un compañero médico no era mi idea de conservar mi puesto de confianza. Pocos años después supe que el doctor Rangel había fallecido víctima de cáncer.

Salí del hospital y maneje como autómata a mi casa, estaba solo, mi esposa en el trabajo mis hijos en la escuela, saque un disco de los Beatles y lo coloque en mi flamante estereo Fisher, empecé a cantar con los genios de Liverpool y me puse a llorar de impotencia hasta que me fui calmando. Iniciaba otra etapa en mi vida.

El señor Director junto con el Coordinador de Segundo Nivel Institucional, que ordenaron mi cese inmediato, supe después que fallecieron, en condiciones no muy placenteras ambos con cuadros demenciales tras una larga agonía. Y me puse a pensar que la vida te cobra las acciones malas que hayas realizado, tarde que temprano.

Y hoy, cuando me llegan a preguntar, que si por alguna extraña situación estuviera en las mismas condiciones de aquella época y peligrando mi puesto institucional ¿Que haría? Con toda sinceridad les digo ¡Exactamente lo mismo!

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