HISTORIAS DE VIDA 7ª PARTE “LA MAÑANA DE LAS NARICES FRIAS”

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Esta historia es muy buena, estaba en mi tercer año de la carrera de medicina y por una situación de faringoamigdalitis de repetición, sufría de una sinusitis crónica que me afectaba más el seno maxilar del lado derecho, lo que a su vez me provocaba cefaleas intensas, pero cosa curiosa sólo del lado derecho. Así pasé varios meses, hasta que me decidí a ver a un médico. Trabajaba yo como médico de guardia en un sanatorio en la colonia Anzures, el cual fue cerrado hace muchos años. Sanatorio Dante era su nombre, ya que precisamente se encontraba en la calle de Dante entre Tolstoi y Shakespeare a un costado del hotel Camino Real, que fue construido en los terrenos que alguna vez ocupó el Hospital ABC (Inglés) como se conocía, antes de mudarse a su domicilio actual en la avenida Observatorio.

Pues bien, comentando mi caso, un médico me dijo que lo fuera a ver, no recuerdo bien como sucedió pero fue en el sanatorio Lourdes, que también ya desapareció, en la calle de Álvaro Obregón, a donde fui a buscar al doctor Pascual, de gratos recuerdos, urólogo de especialidad, quién me conocía porque iba a valorar pacientes al sanatorio Dante. Al plantearle mi padecer y mis dolencias, de inmediato tomó un papel membretado y lo dirigió al Director del entonces recién casi estrenado Hospital General de Zona No 13 del IMSS, en Azcapotzalco; en donde le solicitaba de la manera más atenta, que me otorgaran la consulta y el tratamiento especializado en el servicio de otorrinolaringología. Era estudiante de medicina, por edad no tenía derecho al IMSS, aunque mi padre seguía laborando y pagando sus cuotas institucionales. Creo que todavía no se contaba con la ayuda de que si eras estudiante podías contar con los servicios médicos del IMSS en caso necesario. ¿La suerte, la amabilidad de los médicos, el primer intento de un seguro para el estudiante gestado por este proceder? No lo sé con certeza, pero fui recibido por el especialista, quién después de valorarme y prescribirme un tratamiento por algunos días, decidió que se me abriera expediente y tras unos exámenes de laboratorio de rutina, me programaron para la cirugía consistente en la extirpación de mis alocadas e infectadas crónicamente amígdalas.

Acudí a los estudios preoperatorios y tras una consulta más en ONG para revisarlos, me programaron para la cirugía.

Las indicaciones eran claras, llegar a las 6:45 horas, de una fría mañana de octubre, ir en ayuno total, no llevar nada personal y presentarse en el servicio de urgencias para ser llevado a quirófano. Le pedí a mi novia en ese entonces, hoy mi esposa amada, que me diera un aventón al hospital. Así lo hizo y al preguntar a qué hora saldría del trance su muñeco adorado (como quién dice, yo), le contestaron que pasara alrededor de las tres de la tarde.

 Me llevaron a través de unas escaleras a una sala en donde había cerca de seis a ocho camas, me destinaron a una litera en la parte de arriba, ahí me dijo la enfermera que me desvistiera y me colocara una bata de hospital. Que en unos minutos pasarían por mí para llevarme a la sala de quirófano; estaba haciendo mucho frío, era en ese momento el único ocupante de la sala, la litera estaba pegada a una ventana, por la cual podía ver solamente un techo, que estaba rodeado de paredes, así es que si alguna persona estaba husmeando por alguna ventana para ver algunas cosas “buenas” no era mi preocupación. Me cambie rápidamente y me quede descalcito hasta el cuello. De hecho al decirme que no trajera nada personal incluía unas pantuflas. Pero ¿de dónde iba a sacar unas pantuflas? Ni dinero tenía para comprarlas y además considere, era un lujo innecesario, así me quede. ¡Ay, nanita! ¿Qué meyo!

Las puertas de la sala se abrieron estrepitosamente, entró una enfermera, llevando en la mano derecha, cual látigo de castigo, una jeringa cargada con un líquido cristalino, en la izquierda, cual dardos envenenados un recipiente con torundas alcoholadas. Se fue acercando lenta pero inexorablemente al lugar en donde me encontraba ¡A ver jovencito, voltéese! y con una cara de asombro y miedo, obedecí, sentí el toque de la bola de algodón empapada en alcohol, el frío líquido como témpano, corrió y descendió hasta el muslo, sentí que la mano adiestrada de la enfermera, cual tenazas “agarro” mi pielecita, de pronto sentí como la aguja fue penetrando mi fría, descolorida y poquitita nalga; el líquido que ardía generosamente empezó a penetrar mi pompita, y por fin terminó su viaje a través del bisel. Con la rabona bata, me tape de inmediato, quien sabe que otras cosas podría haber realizado la enfermera tornada en ese momento en un verdugo, vestido de blanco. ¡Ahora sí! Sígame. La voz fue determinante, así es que como borrego que lo llevan al matadero la fui siguiendo por pasillos medios obscuros, el piso estaba como hielo, pero ya ni modo, no tenía pantuflas (por pobre).

 Por fin llegamos a la sala de quirófano, me señaló la enfermera que me sentara en un banco, que se encontraba frente a mí, era curioso pero, me imagine que tendría que subirme a una mesa de quirófano, o al menos a una silla tipo de dentista, pero no, era un solitario y triste banco de metal, pegado a la pared, pero ¡Oh sorpresa!, yo estaba sin chones, y el banco frío como un cubote de hielo hizo que diera un brinco hasta casi tocar el techo, bueno no tanto, pero sí que estaba frío el asunto. Al notar esa manifestación de hipotermia, me dieron una sábana para taparme, pero solamente de las rodillas para abajo, porque tenía que estar sosteniendo unos separadores bucales. ¡Perdón!, ¿pero ya vamos a empezar la cirugía? ¡Pues claro que sí! Fue la contestación del médico.

Es curioso como las cosas y conocimientos cambian conforme vas aprendiendo de cómo se deben realizar las acciones, y lo digo, porque cuando empecé a estudiar medicina, lo primero que te dicen cuando vas a iniciar tus prácticas quirúrgicas, es… guardar las zonas de un quirófano, zona negra, gris y blanca, cada una con sus especificaciones y cuidados. Que tienes que entregar al paciente a la enfermera de quirófano, que lo tienes que hacer en el transfer, entregar el expediente, verificar indicaciones, revisar la venoclisis, etc. etc. Y según recuerdo al llegar a la entrada del quirofano nada más que dijeron ¡pásele joven!

 Acto seguido, me vendaron los ojos, sentí en la piel de la cara la sensación de calor irradiado debido por dos lámparas que iluminaban toda el área quirúrgica, ¡mi boca! Los separadores fueron fijados dentro de la misma con una abertura bastante generosa para que la exposición de las amígdalas fuera adecuada. Emitía si acaso un sonido gutural, al tratar de pasar la saliva, de pronto me colocaron del lado derecho un aspirador, por el cual sentía era trasportada la saliva secretada. De pronto me dijeron ¡va la anestesia! Y cual burel en su primer par de banderillas, fui atravesado por una aguja de filoso bisel que me permitió sentir un líquido amargo que fue introduciéndose en mi tejido periamigdalino, la sensación de quemadura duró segundos, pero a mí me parecieron una eternidad. De pronto el lado izquierdo, fue herido, la misma sensación de amargura que se trasformo en una sensación de anestesia local. Lo que vino después fue una masacre, sentía que la sangre corría a los lados, ese sabor entre salado y amargo de la sangre, inundó mi boca, el aspirador estaba haciendo su trabajo, ¡detenga bien los separadores! Escuchaba que me decía el médico, de pronto me pidieron que soltara el lado derecho del separador y que sostuviera el aspirador. La venda empezó a ceder un poco y podía ver hacia abajo la iluminación y unos dedos que se movían irregularmente metiendo y sacando instrumentos quirúrgicos. Sentía un dolor mezclado con una sensación de tracción de toda mi boca, mis labios entumecidos que estaban presionados por los separadores, mi incapacidad para tragar, la dificultad sentida para respirar, dolor por lo que me estaba pasando, las lágrimas estaban por brotar pero algo me impedía que se precipitaran para mezclarse con mi saliva y sangre. Sánchez Mejía, eres muy macho… o muy tarugo de haber caído ahí, pero ¡ahí estaba!

 Los minutos pasaron y por fin, no se cuento tiempo después, el cirujano, dijo, ¡terminamos un lado, vamos al otro! De pronto me puse a pensar de que me encontraba, ni siquiera acostadito en una silla de dentista; estaba anestesiado localmente y yo como ayudante del propio médico cirujano, en un banco de metal que se incrustaba en mis macilentas carnitas posteriores. El concepto irreal me pareció bastante real, solamente en México podía estar pasando esto, ¡me estaba pasando a mí! Por fin, pasados interminables minutos, la cirugía se daba por terminada. Poco a poco fueron retirando toda la instalación, el aspirador, los separadores, los campos quirúrgicos, las lámparas, y al final me quitaron la venda, para entonces el médico cirujano se había retirado, nunca supe quién me había “extirpado las amígdalas”. Una enfermera diferente a la que me había conducido al quirófano me guió hasta mi cama-litera, en ese trayecto, nuevamente el pasillo se me hizo largo y sinuoso, obscuro, frío, desolador. Tenía ganas de llorar, la mandíbula la sentía fuera de lugar, como que no se acomodaban mis dientes, parecía que un león (yo) hubiera estado abriendo sus fauces por largo tiempo y de pronto ya no podía cerrarlas. ¡Que horrible, feo y espantoso!

Por fin llegue a la cama, ¡Acuéstese! me dijo la enfermera, enseguida le van a traer nieve, tómela toda, para que le cicatricen bien sus heridas, se va después de las dos de la tarde. Tres veces me llevaron nieve de limón, la cual traté de saborear lo más exquisitamente; primero porque estaba en ayuno, segundo, estaba deshidratado, el sudor por los nervios y el proceso quirúrgico habían hecho su labor. Y tercero, la nieve estaba bien rica. Me pareció, al cabo del tiempo que había dos a tres personas más en la sala, otros postoperados ese día,

Pasaron las horas, y aunque no tenía reloj pregunté a una enfermera por la posible alta del hospital, me dijo que eran cerca de las 2 de la tarde. Mary salía de trabajar a las 3, así es que la hora de partir se acercaba.

Me llevaron una nota médica, en donde se resumía mi procedimiento de cirugía y me enviaban a mi Unidad de Medicina Familiar correspondiente, como medicamentos me prescribieron ácido acetilsalicílico y ampicilina. Me daban de alta. Termine de vestirme y baje las escaleras de la zona de hospitalización a urgencias, esperando que llegara Mary. Al cabo de los minutos llegó por mí, mi voz era apenas audible, ¡estoy bien! Alcancé a decir, me llevó a mi casa y me quedé descansando toda la tarde; el día siguiente era de escuela y hospital.

 La historia estaba escribiéndose, esto jamás lo iba a olvidar en mi vida, no he conocido hasta el momento, a ninguna otra persona que la hayan intervenido en esa forma, tal vez haya muchas, hay que considerar que este tipo de intervenciones se dan con mucha frecuencia. Pero lo que también me llama la atención, es que si por lo menos dos cirugías se realizaban en esa forma diariamente en ese hospital, debería haber sabido de más casos y hasta el momento de escribir estas notas, no se de ningún otro “amigdalectomizado” en semejantes condiciones.

Un asomo de duda viene a mí mente. ¿Esto lo realizaron así por no ser derechohabiente “derecho”? o porque ¿Así se trataban este tipo de padecimientos? Prefiero al cabo de tantos años, no ponerme a pensar mucho sobre lo acontecido. Al fin y al cabo, como digo ¡soy muy macho! ¡Si señor! Aunque siguen frías, eso sí.

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