HISTORIAS DE VIDA 18ª PARTE “ ¿A QUIEN DEJE SUBIR? ”

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Ese martes 9 de marzo de 1999, inició como cualquier otro día en que me dirigí al edificio de avenida Álvaro Obregón en la colonia Roma Norte, en donde me encontraba comisionado por propio hospital de Lomas Verdes, para junto con el titular del Área de Normatividad dependiente de la Subdirección General Médica del IMSS, elaborar los lineamientos y estatutos para formalizar la Sociedad de Traumatología y Ortopedia del Instituto Mexicano del Seguro Social la STOIMSS que así tenía como siglas en su logo. Dicha Sociedad aunque vio la luz, se integró, hubo juntas y hasta una primera reunión en el puerto de Acapulco, después de algún tiempo se dejo morir. Aunque estaba integrada por personajes de la ortopedia nacional y del propio Instituto que eran en su mayoría jefes de servicio, directores y subdirectores, de pronto dejó que la inactividad se apoderara de ella y desapareció.

Estaba en los meses de febrero/marzo integrando todos los elementos para hablar con diversos personajes de la ortopedia nacional, me entreviste con algunos de ellos, les tomé opinión, platique sobre diversos temas y por fin tras integrar sus pensamientos e ideas, fui elaborando el proyecto. El concepto de visión, misión, responsabilidades sociales, artículos, cláusulas se fueron consolidando hasta tener todo un concepto de Sociedad Médica Institucional dentro del área de ortopedia y traumatología.

Me toco en suerte escribir hoja por hoja de dicho trabajo; y después de integrarlo, presentarlo ante el jefe de la oficina de Normatividad, me dio luz verde para empezar el protocolo de registro ante Notario Público, ante la Secretaria de Relaciones Exteriores, la Secretaría de Hacienda, etc. Tras solicitar la cita ante el Notario Público en su oficina de la calle de Bajío e insurgentes, se estableció que fuera el día martes 9 de marzo de 1999 a la una de la tarde. Me presenté puntual ante la puerta de la oficina, la cual estaba con una reja externa que se abría por medio electrónico para ingresar al interior del despacho. Me pasaron a un salón de los cuatro que había, una mesa como para diez personas de madera labrada, y con una cubierta de cristal, paño verde en el fondo, sillas recubiertas de piel de un verde obscuro. Me ofrecieron un vaso de agua. Y espere algunos minutos hasta que el licenciado hizo su entrada, llevaba un expediente medianamente grueso, lo colocó encima del cristal y nos saludamos. Me comentó que el trámite que se había estado realizando para dar de alta a la sociedad estaba completo y que sería en el transcurso de dos semanas más cuando podría pasar a recoger la escritura debidamente formalizada y registrada.

Estábamos terminando de hablar y recuerdo que puse mi firma en una hoja de aprobación, cuando de repente empecé a sentir un dolor punzante en la zona retroesternal, el dolor iba en aumento y sentía que era mayor cada segundo, enseguida apareció una sensación de parestesia (adormecimiento) sobre el brazo y antebrazo izquierdo, pero era curioso porque era solamente la mitad que recorre el nervio cubital, es decir, desde axila hasta el 4º y 5º dedos de la mano. El dolor me impedía respirar pero no porque estuvieran comprimidos mis pulmones u obstruida la nariz, no, sino porque el dolor me impedía (hasta cierto punto) mover mis músculos intercostales. Empecé a sudar frío, la frente pronto se perlo de esa humedad helada, la cara que pude haber puesto, le hizo preguntar al licenciado ¿se siente usted bien doctor? ¡Si! Le contesté es una molestia ligera. En ese momento supe que se trataba de un infarto al miocardio, ¡de mi miocardio!. Quería levantarme y salir corriendo pero las piernas no me respondieron de inmediato. De pronto, el dolor desapareció, como por arte de magia, ¡nada, absolutamente nada sentía! Pude levantarme y despedirme del notario, afortunadamente habíamos concluido el compromiso. Lentamente me dirigí a la puerta de acero y la recepcionista presionó el botón para abrir el portón metálico, salí a la calle y vi el reloj, eran las 2 y quince de la tarde. En ese momento un segundo ataque de dolor volvió a atacarme, en ese momento sentí que podría caerme, un ligero mareo empezó a rondar mi cabeza. Camine unos pasos al borde de la banqueta y voltee hacia la izquierda de acuerdo al sentido de la calle, que en ese tramo en donde se encuentra la oficina, corre hacia el oriente, no había personas cerca, así es que le hice la seña de detenerse a un taxi, vehículo de la marca Volskwagen, de los llamados “vochos” color verde, me acuerdo, el auto se detuvo a escaso metro de mi, de improviso una señora de edad aproximada a los 85 años, se puso delante de mi, iba acompañada de otra señora de menor edad, probablemente su hija. Y me dijo tranquilamente “es para mi” y se subió. Quede paralizado ante el evento, ¿de dónde había salido la señora? Si no había nadie alrededor cuando le hice la señal al taxi de que se detuviera. Le contesté “está bien”.

Afortunadamente, otro taxi se acercaba lentamente a la esquina y le hice la señal para que se detuviera y poder, ahora sí, subirme yo. ¡Buenas tardes, por favor, lléveme a la calle de Zacatecas, entre Frontera y Mérida! Y pensé “y córrale que me estoy muriendo”.

El infarto al miocardio se presenta cuando se bloquea el flujo sanguíneo a una parte del corazón por un tiempo suficiente para que esa parte del miocardio sufra daño (necrosis). El término médico para esto es infarto agudo del miocardio (IAM).

La mayoría de los ataques cardíacos son provocados por un coágulo que bloquea una de las arterias coronarias, las cuales llevan sangre y oxígeno al corazón. Si el flujo sanguíneo se bloquea, el corazón sufre por la falta de oxígeno y las células cardíacas mueren. La causa de los ataques cardíacos no siempre se conoce. Éstos pueden ocurrir: Cuando se está descansando o dormido. Después de un aumento súbito en la actividad física. Cuando se está realizando una actividad en clima frío o se toma una bebida lo suficientemente fría cuando está uno terminando un ejercicio extremo. Después de un estrés emocional o físico súbito e intenso, como una enfermedad crónica o metabólica. La mayoría de los ataques cardíacos se presentan con molestias en el centro o el lado izquierdo del pecho, que a menudo duran unos pocos minutos o desaparecen y vuelven a aparecer. Las molestias pueden sentirse como presión incómoda, opresión, sensación de llenura o dolor. La sensación puede ser leve o intensa. Otros signos y síntomas de un ataque cardíaco consisten en la aparición de: Molestias en la parte superior del cuerpo (en un brazo o en ambos, en la espalda, el cuello, la mandíbula o la parte superior del estómago). Dificultad para respirar, que puede presentarse al tiempo con las molestias del pecho o antes de estas.

En el trayecto hacia mi consultorio, que era la dirección que le había dado al chofer del taxi, sentí que me iba a desmayar, la sola idea de que podía morir en el trayecto era de por si aterradora; pero el imaginar que el chofer iba a tener un problema serio al llegar con un cadáver al sitio de su destino; creo que esto me hizo decirme a mi mismo que tenía que aguantar. Por fin tras algunos minutos de trayecto, baje del taxi y me dirigí hacia la entrada del edificio; ahí se encontraba una representante médica que me saludo con afecto, recuerdo que le devolví el saludo, pero la expresión de su cara fue casi una mueca, tal parecía que había visto a un fantasma. En ese momento salía del Laboratorio Zacatecas (que hace años cerró sus puertas) su propietario y excelente amigo, el doctor Ángel Carbajal, que espero se encuentre bien, pues hace años que no lo veo. ¡Maestro! Me dijo ¿qué le pasa? Angelito, le dije, me estoy muriendo traigo un infarto. De inmediato me pasó a una salita que tenía para tomar estudios y me realizó un electrocardiograma, y mientras tanto mandó llamar a un médico internista que estaba en esos momentos en su consultorio de la planta baja; después de revisar el trazo cardiaco y verme clínicamente, nos dijo, ¡hay que trasladarlo al hospital! En ese momento mi Ángel bajo al sótano por su camioneta y me llevó directamente al hospital de Cardiología del Centro Médico Nacional del IMSS, llegó hasta la entrada de urgencias y pidió una silla de ruedas para que me pasaran directamente a urgencias; en ese momento empezó otra crisis de dolor, no tan intenso como las dos anteriores y les dije a los médicos que sentía dolor, me colocaron una tableta sublingual y pasaron de inmediato una solución por vía endovenosa, con la cual sentí que me invadía un bienestar generalizado; era agradable sentirse relajado, sin dolor, sin frío, sin calor, realmente muy bien. En ese momento, le empecé a decir a mi secretaria lo que tenía que hacer, que decir, manejar todas las cosas; de echo llegó conmigo. Hasta que llegó un médico y me dijo que me estuviera quieto y callado porque podría tener otro episodio de isquemia que podría ser fatal. En ese momento me quede tranquilo. Fui pasado de inmediato a la Unidad Coronaria, en donde permanecí durante cinco días, ahí valoraron la posibilidad de un cateterismo el cual no se realizó; estuve con medicación todo el tiempo y con la advertencia de no moverme, salvo por contadas ocasiones, no hablar más que lo mínimo, no levantarme, so pena de que me diera un infarto fulminante. Acostado en la cama de la sala de coronarias, tuve tiempo de pensar lo que era mi vida hasta ese momento y lo que sería si por algún motivo no saliera vivo de ahí. Sin embargo, cada día que pasaba me ponía a pensar profundamente en lo que me había ocurrido, las personas que con sus actitudes me habían llevado a ese estado, mi descuido como persona ante situaciones que no me interesaron resolver médicamente a tiempo; mis errores como ser humano y de verdad prometí cambiar. Y creo que lo he cumplido.

Si pudiera separar el dolor del infarto y colocarlo en otro sitio del organismo, tal vez el dolor no fuera tan intenso, de hecho aunque agudo podría soportarse con cierta incomodidad, sin embargo, cuando se sufre en la región retroesternal se siente tan intenso que es muy difícil respirar. Pero el ataque al miocardio, en algunas personas es tan leve que pueden seguir realizando sus actividades, y referir una serie de molestias a cual más inespecíficas y hasta horas y días después se llegan a dar cuenta de que sufrieron el ataque.

Después de esos cinco días me pasaron al segundo piso de hospitalización en donde permanecí otros nueve días y me dieron de alta el lunes 23 de marzo, un día soleado con una temperatura de aproximadamente 28 grados, era el inicio de la primavera de ese 1999. El médico que le toco darnos el alta a tres pacientes, nos dijo muy claro ¿ya se vieron en el espejo? Sí, contestamos al unísono. ¿y cómo se vieron? Pues bien, respondimos. ¡Exacto! En su cara no tienen nada, su corazón es el que sufrió, de ustedes depende que siga funcionando. Que les vaya bien y no espero verlos de nuevo. En ese momento, tomé mis pocas pertenencias y baje a la sala de altas hospitalarias. Regresé a casa.

Ahora cuando recuerdo ese día martes 9 de marzo, me pregunto, si esa señora de edad a la que deje subir al taxi que se había detenido para subirme yo. ¿Era la “señora muerte”? entonces ahí decidió “ella” que si se iba primero, podría dejarme vivir, pero en caso de que me hubiera negado a que se subiera, el que se “iba para siempre era yo”. O, ¿era la Virgen María que decidió darme la oportunidad de escoger entre dar la “última ayuda a una señora mayor” o ser tan egoísta para irme yo primero? Hasta el momento no se todavía ¿quién era esa señora? Pero de una cosa estoy seguro, ya sea una u otra me dejo en este mundo para contar esta historia de vida.

Quizá muchos de ustedes digan que soy demasiado presumido o vanidoso para preguntar sobre qué fue lo que sucedió y quién era la persona que subió al auto; probablemente la señora ya venía caminando sobre la acera y en mi dolor y molestias, mi angustia, mi desesperación de llegar un lugar seguro, no me di cuenta que se acercaba. Y al momento de dirigirme al taxi, ella le había hecho previamente la señal de que se detuviera, por lo cual el chofer tal vez pensó que veníamos los tres juntos y se detuvo frente a mi, para abrir la puerta y que se subieran las dos damas. Es una posibilidad y muy válida, nunca me di cuenta que se acercaban y podía asegurar que no había nadie a mi alrededor. De acuerdo.

Otra, que probablemente ya estaban ahí esperando un taxi y jamás me percaté de ellas, yo solo veía un taxi, la banqueta, el sol de la tarde y sentía el dolor que no cedía en lo más mínimo. Solo me percataba de lo que me sucedía.

¿Cuál fue la verdadera historia de vida? El lector sacará sus conclusiones.

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