BRONCEMIA 2ª parte

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Pero ¿qué es el espíritu de servicio? La forma de inculcarlo.

¿Qué elementos forman el espíritu de servicio?

  1. Vocación: Podríamos definirla como “inclinación natural al servicio”. Sin embargo –me consta, se trata de una capacidad que, si no se tiene, se puede adquirir.
  2. Empatía: 
Se trata de interpretar qué es lo que piensa y siente el otro en un momento dado. Lo que en lenguaje común se llama “ponerse en los zapatos de los demás”.
  3. Actitud positiva: 
Es una especie de “apertura mental” hacia las necesidades y expectativas de la otra persona. Es la sonrisa que expresa –sin palabras “me da gusto verle por aquí”. Es el apretón de manos cálido que –sin palabras invita a regresar cuando sea necesario.
  4. Paciencia: 
Significa tolerancia. Significa tener prudencia, dentro del consultorio, para no poner nervioso al paciente y que nos diga todo lo que siente, y no se altere el diagnóstico.
  5. Capacidad de respuesta:
Si se le dice al paciente que su consulta será a una hora determinada, tiene que serlo, porque sino quedaríamos como poco honestos. El paciente de hoy exige respuestas y, entre mejores sean, mejor.

 

Pero estas cosas no puedo ordenárselas a los médicos jóvenes por decreto, no puedo decirles a partir de mañana piensen así, a partir de mañana comiencen a querer a sus pacientes, a partir de mañana seamos mejores médicos; eso no es posible; pero sí podemos ayudarlos con el ejemplo cotidiano, para que esto pueda prender dentro de sus corazones, dentro de sus deseos imperiosos de ayudar a sus colegas y a sus pacientes. Podemos aconsejarlos para que hagan las cosas mejor.

Les voy a contar un cuento, había un famoso pintor que había presentado una exposición que se llamaba “Las puertas del corazón”, eran puertas de distintos colores y la exposición era un éxito; puertas hermosas, colores combinados; pero había un personaje dentro de la sala, que se paraba enfrente de cada puerta la miraba y pasaba a la otra. De pronto se paro enfrente de una y justo al lado de él, estaba el pintor; entonces, humildemente le dice, ¡discúlpeme!, las puertas que usted pinta son hermosas , pero yo soy cerrajero y quiero darle mi modesta opinión; veo que sus puertas no tienen cerradura ¿cómo se van a abrir?

Y el pintor le dijo, mire, lo he pensado muchos años, pero las puertas del corazón no tienen cerradura por el lado de afuera, porque sólo se abren por la parte de adentro.

Estoy seguro que ustedes han compartido con muchos broncémicos, y me imagino que cualquiera de ustedes puede escribir aquí y contarnos cómo fue su experiencia al lado de uno de estos personajes de cualquier profesión.

Les voy a contar, la historia del doctor Berni Siegel, que ha sido un pionero de la medicina mente cuerpo, menciona que en el hospital estaba con tres enfermos de cáncer terminales, que murieron pocos días después, cuando Berni les visitó les dijo que tenía que dar un discurso a jóvenes médicos que salían de su residencia médica.

Y les pregunto a ustedes ¿qué quieren que les diga a los médicos jóvenes, que terminan? ¿Qué mensaje quieren que transmita?

Estos pacientes le dijeron palabras más, palabras menos, lo siguiente:

Primero, queremos que toquen la puerta de la habitación antes de entrar y nos saluden,

Segundo: que cuando nos hablen, nos miren a los ojos y Tercero: que cuando se salgan se despidan de nosotros.

Ninguno de ellos pidió que encontraran la cura de su enfermedad, que les administraran más medicamentos, que los pasaran a otro hospital,.. sólo pedían respeto, sólo querían…respeto.

Y termino este comentario con ese impasse propio de la edad, y les voy a contar una historia verídica, en una sala de operaciones, tras una cirugía prolongada llegó el momento en que tenían que reemplazar a una de las enfermeras, y cuando esta se retiró pasó por detrás del cirujano, un hombre que era reconocido por su espíritu de servicio. Pasó detrás de él, le acarició la espalda, le dio un beso y salió.

Esto fue para este médico un hermoso regalo, porque esto incluía todo el dolor y el amor que habían sentido médico y enfermera juntos, que habían compartido en la sala de operaciones. Esto le dio fuerzas al médico para seguir, y como diría otro cirujano amigo mío, a ese cirujano se le llenó el corazón de música.

Pero hay un tipo de médicos que es impresionante. Los médicos dioses, esos médicos que desayunan con Dios, y bajan a atender a sus pacientes nada más porque son grandes, esos médicos broncémicos, que te tocan y sienten que te han curado, que te han resuelto tus problemas, que flotan, que no tienen tiempo de hablar contigo, estás por debajo de ellos. Los próceres de la Academia, afectados por la enfermedad, se instalan en las torres de marfil del conocimiento inerte y contemplan desde la altura de su petulancia a los iletrados paseantes. O los broncémicos de cualquier actividad, de cualquier nivel socio cultural, no pueden recibir regalos así, porque se sienten tan por encima de todos los que están a su lado que son incapaces de compartir nada.

¡Cuidado! La Broncemia es una enfermedad contagiosa, puede cundir como epidemia si no la controlamos a tiempo. Tenemos que prevenirla. Recuerden lo que escribimos en renglones anteriores, un exceso de estaño, más de un 13%, vuelve al bronce quebradizo lo que lo hace inservible para objetos útiles.

Cuando una cantidad inapropiada de bronce llega a la sangre, el paciente empieza a pensar que su rostro merece ser esculpido y exhibido a la generación presente y a las sucesivas, dada la inconmensurable valía de sus aportaciones científicas, sociales o políticas.

¿La broncemia tiene curación? Difícil, muy difícil. Por que cualquier situación o cualquier comentario ofrecido, pueden convertirse en unos gramos más de bronce que se suman a los ya existentes.

El tratamiento exige unas dosis extraordinarias de sentido común y de sensatez, baños diarios de humildad, sencillez y cordura, sentido del deber, y quizá esto podría empezar a curar a quienes están “infectados”, pero hay quienes se resisten a tomar medicamentos.

Una buena medicina, sería “bajarle un poco de crema a nuestros tacos” a nuestra posición en el tiempo y en el espacio. Y preguntarnos ¿Quiénes somos, cada uno de nosotros en el mundo? ¿Quiénes somos en el universo?

Uno de los ex/presidentes mexicanos que tiene la enfermedad crónica, es Vicente Fox, llegó a la presidencia enfermo. Perdió el favor del pueblo como consecuencia de su broncemia después de tornarse sordo, de practicar la diarrea mental y de perder el sentido del humor y de la autocrítica. Se creyó prócer casi eterno, y se llegó a creer un ser predestinado por el mismo destino para mandar, y al final se sintió incomprendido por el pueblo.

Desafortunadamente a pesar de ya no estar en el poder, sigue enfermo y no parece tener cura, debido a que su “enfermera de turno” le sigue dando la dosis de bronce que lo tiene en ese estado mental lastimoso.

En Argentina hay leyes que prohíben poner el nombre de personas vivas a los espacios públicos, y aún el de un muerto antes de que se cumplan 10 años de su fallecimiento, ya que la valoración serena que trae el tiempo, corregirá los posibles excesos de amor y enemistad.

Ciertas personas quieren ser próceres antes de morir, por lo que poco a poco se van comportando y enfermándose como “Broncémicos”.

Aquí en México, les ponen nombres a calles, plazas, avenidas, o les colocan estatuas en menos tiempo, ya que lo que importa es el grado de broncemia, no lo que hayan dejado de hacer o lo que realizaron, o que nunca empezaron, eso es poca cosa.

 Ahora para terminar les dejo las palabras de una mujer muy especial, española de pura cepa. Ángeles Caso, que escribió:

“Dejo pasar las coronas de laureles y los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno.

Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera.

El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche.

Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado.

Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso”.

Corolario: Todo el mundo sabe que sobre la cabeza de muchos próceres a los que les realizaron una estatua, depositan las palomas sus excrementos y sobre los pies que sostienen su cuerpo inanimado orinan tranquilamente los perros.

Dr. José Luis Sánchez Mejía

Ortopedia y Traumatología (en Broncemia, todavía no)

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